En la vereda jugábamos a los penales. En la vereda esperábamos a las chicas que pasaban camino a la plaza. En la vereda le silbábamos al churrero. En la vereda nos enterábamos de las últimas noticias del barrio. En la vereda nos sentábamos a ver pasar la vida. Hasta hace unos años, en los barrios del Sur, la vereda era la vida.

Todo pasaba allí: en una vereda de baldosas coloridas de Banfield besé por primera vez a una chica; en otra, la de la escuela, me peleé por primera vez con uno de séptimo B. En la vereda tomé mi primera cerveza con los amigos del barrio.

Recuerdo a mi abuela tomando mates en la vereda: la silla de mimbre, pequeña, el rodete blanco en el pelo larguísimo peinado a la brillantina. Recuerdo a mi tía sentada en su silla, quedándose en la vereda en esas noches pesadas del verano en las que se espantaba los mosquitos con una ramita de paraíso.

Antes, cuando los chicos jugaban con las cosas que existían en el mundo, la vereda era el fundamento de los juegos: la escondida, la rayuela, la bolita, la payana. En eso, sacábamos ventaja los que teníamos una vereda de tierra lisa y llama, yerma y negra. Perfecto campo para el “opi” -el hoyo para la bolita- pero inapropiado para jugar a los penales, había que regarla todas las tardes de verano. Todavía recuerdo ese olor a tierra mojada que adoro olfatear cuando llueve.

En la vereda de la calle Iparraguirre, en Lomas Oeste, comimos muchas veces. En ese barrio hermoso lleno de personajes de otros tiempos, se hacía un culto de la vereda: se jugaba al carnaval, se comían pantagruélicos asados. Por esos días, inventamos la expresión “veredeando” para significar la acción y el efecto de estar en la vereda; estar sin más.

Veredas hay muchas. Irregulares como las de este barrio o prolijitas como las de Barrio Nuevo. Algunas están castigadas por las obras recientes de las cloacas que enterraron el humus para dejarnos este suelo arcilloso y feamente rojo. Pero sobreviven.

De a poco la gente recupera las veredas. En el verano volvió a tomarlas para sí: lo vi en Banfield, lo vi en José Mármol, lo vi en Monte Chingolo. Me alegré. En mi barrio, es la falta de espacio interno de las familias numerosas la que los empuja hacia afuera. En la vereda comen y beben, se besan, escuchan cumbia, juega con agua, toman mates, hacen picar una pelota, se ríen.

En los pasados días de fiestas y asuetos de Navidad y fin de año, la vereda mandó. Porque es mentira que no se puede salir a la calle. Ocurre que algunos medios de comunicación nos quieren meter para adentro en un movimiento doble: literal y figurativamente. Además, la tecnología nos arrinconó y creímos en su discurso. Entonces, acá estamos: en el más horrible de los adentros. Así, de súbito, nos enroscamos en nosotros mismos como el bicho bolita y dejamos sola a la vereda.

“No hay sueño más grande en la vida que el sueño del regreso. El mejor camino es el camino de vuelta, que es también el camino imposible”, dejó escrito Alejandro Dolina en su genial Crónicas del Ángel Gris. Puede que este que intenta sacarnos a todos a la vereda sea uno de esos caminos imposibles, pero hagamos el intento: volvamos a la vereda, dale; sacá la silla y andá poniendo la pava.