Anda el Roca con su ruido a fusiles. Arriba va la gente mirando la nada por las ventanillas, abajo chirrean las ruedas contra los rieles, crujen, a veces gorjean. A cada sonido que viene de abajo se corresponde un sacudón arriba, que hamaca de un lado al otro los pasamanos libres, porque ahora el tren –créalo– está vacío como nunca antes y tal vez como nunca después.

La nena me toca el hombro una vez, dos, tres. La miro a los ojos. No sé si es porque se sonríe, pero los tiene achinados. No logro escuchar lo que me dice porque el ruido sube por las ventanillas y sólo hay un estruendo en el vagón: el del tren. Me acerco más. “¿No tiene un papel, señor?”, me pregunta. La miro, no debe de tener más de seis años, viste unas chatitas fucsias y un vestido con flores que se vuelan cuando el viento corre entre un vagón y otro. Le doy dos de las cuatro hojas, la dobla y me mira.

“¿Y algo para escribir?”, interroga con inocencia. Revuelvo en los bolsillos de afuera de la mochila, en los que adentro, entre las nueces que llevo a mi trabajo. El grabador, una lupa, una agenda, un libro. Me miro la mano con la birome, la única que tengo en la mochila, la única en el bolsillo, la única que descansa en el anillado de mi libreta. La única. No puedo dársela, ¿o no quiero? Me digo que no puedo darle a nadie esta lapicera con que cada semana escribo esta columnita que viaja por el Sur. “Quiero dibujar”, dice la nena, dulcísima y se ríe con los ojos más achinados. Entonces pienso que soy un pobre diablo si la dejo sin su birome y con las ganas de dibujar. Agradece con la mirada y se sienta en el primer asiento, apoya las hojas en su regazo y baja la vista. Dobla la primera hoja, dobla la segunda para lograr cierta rigidez.

En Lanús sube un grupo de adolescentes en vacaciones, que son peor que cuando están cursando: hablan a los gritos, se insultan, se pegan para molestarse y se intercambian videos de un celular a otro. La rodean a la nena, que se mantiene fría y lúcida. Sólo veo desde aquí su mano tejiendo formas en la hoja en blanco. Luce como si ella se hubiera ido de viaje, sin tren y sin escalas, por las formas que urde su manito en la que ahora porta su birome. Pienso que sin querer hice un aporte al arte, como cuando dejo un billete en la gorra de los músicos de tren al que los muchachos son capaces de arrancarle una poesía.

Cuando sale de Gerli el tren se sacude por el cambio de vías. Un golpe seco sienta de golpe a una señora que se había levantado a cerrar la ventanilla. Pero la nena dibuja como si estuviera en una mesa de mármol: concentrada, con la vista baja, con la mano veloz. Antes de llegar a Plaza Constitución vuelve a temblar el tren por el cambio de vías: cruzamos de un andén a otro para estacionar y todo se agita: los vagones se tuercen y retuercen como una oruga a la que han puesto sal. Me paro y tomo posición antes de que frene el tren. Y entonces estiro el cuello y la veo, ahora sí, a ella y a su dibujo: distingo a un señor dándole dos hojas y una birome a una niña que sonríe con los ojos achinados, igualitos a los de ella.